Ir al contenido

Recaudación de fondos especial de Halloween

…Y hemos llegado a Halloween. ¡Bienvenidos a nuestro carnaval del terror tecnológico!

Aunque las escalofriantes monstruosidades de la larga y oscura noche de Todos los Santos sean en su mayoría imaginarias, las siniestras amenazas de los proveedores de software propietario depredador siguen siendo demasiado reales.

¡Pero no tengas miedo! Nosotros, la comunidad KDE, ahuyentaremos a esos monstruos y protegeremos a tus amigos, familiares, empresa y comunidad de todas las aplicaciones y servicios propietarios espeluznantes e insidiosos que acechan sus computadoras, teléfonos y electrodomésticos.

¡Pero no podemos hacerlo solos! Necesitamos tu ayuda para luchar contra los monstruos tecnológicos del más allá. Usa el formulario para hacer un donativo a nuestra campaña de recaudación de fondos y ayúdanos a mantener las fuerzas oscuras a raya.

Mientras tanto, disfruta (o sufre) tres nuevas historias que te provocarán ansiedad y reflexiona sobre las lecciones que nos enseñan. Aprende de ellas, porque para los protagonistas ya era demasiado tarde…

Donativos (se actualiza diariamente)

50 K €75 K €100 K €
 

Pesadillas propietarias

NO HAY NADA COMO UN ALMUERZO GRATIS

Joe pulsó el botón de encendido. Su nuevo portátil le había costado un buen dinero, pero ya tocaba: su anterior equipo tenía casi seis meses de antigüedad. Seguir usando una máquina que había superado su edad legal de jubilación habría supuesto una infracción de la norma RA1011.

Tras treinta anuncios publicitarios, apareció la pantalla de inicio de sesión. Pasó su tarjeta por el lector: 25 dólares para acceder al escritorio.

Poner en marcha Wowser solo costaba 50 centavos, ya que daba acceso al Mercado Mundial. Tras hacer clic en los anuncios, Wowser redirigía a GooBing. Otros 10 dólares. ¡Pero no se podía esperar que las empresas de búsqueda ofrecieran información gratis! Además, la ley RA1996 lo prohibía: «Ningún producto o servicio podrá ofrecerse de forma gratuita». Esto impedía que los subversivos socavaran a las corporaciones tecnológicas.

Joe no podía estar en desacuerdo: él mismo se beneficiaba de la industria tecnológica. Trabajaba con su procesador de textos (aprobado por RA365) y ganaba lo suficiente para mantener la tecnología que le permitía trabajar. iSpyAI calculaba el valor de lo que él producía y deducía un 10 % para el proveedor del software.

para leer la escalofriante conclusión

Cuando se trataba de asuntos ajenos al trabajo, le cobraban por palabra. Pero últimamente lo hacía con menos frecuencia: iSpyAI analizaba sus textos, y él se había enterado de que su joven vecino, en una ocasión, escribió un mensaje a su amante. Antes de que el joven pudiera pulsar Enviar, unos hombres armados derribaron la puerta y le dieron una paliza que lo dejó inconsciente. Ahora caminaba cojeando y había perdido la visión de un ojo.

Aun así, acceder a GooBing resultaba costoso. Joe abrió la configuración de Wowser. Cambiar una opción predeterminada solo costaría unos centavos. Localizó la opción Página de inicio y la cambió a justlikefood4u.com. Era obligatorio realizar una compra en cada visita (RA0888), pero, de todos modos, Joe vivía a base de esos productos.

Hizo clic en Guardar.

Una alerta apareció de repente en la pantalla. Letras de enfado sobre un fondo rojo:

DETECTADA VIOLACIÓN DE RA0101. NO SE MUEVA DEL LUGAR.
LOS AGENTES LE ATENDERÁN EN BREVE.

Se oyó un fuerte golpe en la puerta. 🚨

Matones de la MSF

KDE te permite mantener el control de tu software, dándote la posibilidad de elegir y la privacidad que necesitas para navegar con seguridad por el mundo digital. Haz un donativo para que podamos seguir produciendo las herramientas que necesitas y que disfrutas.

LA X VIVIENTE

La puerta no aguantaría mucho más. La presión de los cuerpos de los no muertos ya estaba forzando las bisagras. El grupo de supervivientes retrocedió ante la perspectiva de caer presa de la horda de comedores de cerebros en estado de putrefacción.

De vez en cuando, un gemido gutural y lastimero surgía de las gargantas podridas: «¡EEEEeeeeeekkkkssssssssssssssSSS!»

Los ojos de la chica se abrieron de par en par. Sacó su móvil y empezó a escribir frenéticamente. La mujer de la llave inglesa la miró, atónita.

—Buen momento para consultar las redes sociales, niña.

La joven la ignoró.

Los no muertos consiguieron hacer un agujero en la endeble madera de la puerta.

para leer la escalofriante conclusión

Una mano con forma de garra —cuya carne, ya consumida, dejaba al descubierto unos huesos grisáceos— asomó por la rendija y tanteó en busca del pestillo. El tipo fornido del pantalón de peto le propinó un golpe con su rizador de pelo, haciendo que la mano se desprendiera a la altura de la muñeca. Esta comenzó a moverse de forma errática, como una araña ciega presa del pánico. La mujer de la llave inglesa la aplastó con fuerza con sus botas militares; la mano se sacudió con espasmos, sus falanges se hicieron añicos y, finalmente, quedó inmóvil.

Los zombis no volvieron a intentarlo. En lugar de ello, intensificaron sus esfuerzos para embestir la puerta y arrancarla del marco.

Y entonces, todo… se detuvo. La puerta dejó de sacudirse, los murmullos apenas inteligibles cesaron. Los supervivientes, con sus ineficaces armas aún fuertemente aferradas en las manos, escucharon cómo el arrastrar de los pasos de los no muertos se alejaba pasillo abajo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó la mujer que sostenía la llave inglesa—. ¿Por qué se van?

—Puedo responder a eso —dijo la chica. Seguía toqueteando el móvil, aunque ahora más despacio—. Acabo de publicar que KDE estaba aceptando en sus proyectos solicitudes de integración de basura generada por IA.

—Pero eso no es cierto —dijo la mujer.

—No les importa —dijo la joven señalando hacia la puerta y hacia los necrófagos que se iban alejando cada vez más.

—¡Eres un monstruo! —murmuró el tipo musculoso del pantalón de peto—. Esa gente está j… 🧟


No se me ocurre nada para esta. Supongo que… ¿podrías hacer un donativo por… los zombis?

LOS CREYENTES

La charla no había salido bien. No había directivos, ni políticos, ni nadie a quien convencer. Solo seguidores. Un coro al que no hacía falta predicarle.

Excepto el tipo que había junto a la puerta. Traje y corbata impecables, reloj caro, pelo peinado hacia atrás. Claramente, no era un fanático acérrimo del Software Libre.

Permaneció sentado después de que todos los demás se hubieran marchado. Amy lo observó mientras guardaba sus cosas.

—¿Hola? ¿Puedo ayudarte? —preguntó ella.

Él miró a su alrededor, asegurándose de que estaban solos.

—Pareces una chica inteligente —dijo él—. Pero estás perdiendo el tiempo.

Chica. Por supuesto.

—¿Por qué dices eso?

—¿No lleváis insistiendo en esto durante…? ¿Cuánto? ¿Veinte años o más? ¿Y qué habéis logrado? Una agencia que usa LibreOffice (en Windows) aquí, una implementación de Linux en una pequeña región autónoma allá…

Él sonrió con superioridad.

—Mientras tanto, a todos los efectos, el 99 % de la administración pública sigue funcionando con software privativo.

Observó el efecto que tuvieron sus palabras en ella. Pero, antes de que ella pudiera responder, continuó:

—No me malinterpretes. Todo esto del código abierto… Está muy bien. Hay razones excelentes para cambiarse a él —dijo él inclinándose hacia adelante—. Y tú… Tú tienes un don. Sabes transmitir el mensaje. Eres convincente. Pero el mundo no se deja convencer solo por argumentos convincentes. Lo que quiero decir es… ¿dónde crees que están ahora mismo todas esas personas para las que en realidad preparaste tu charla?

—¿En alguna presentación con un título semejante a Algo disruptivo, Sinergias de la IA, Criptoloquesea y Cibernosequé?

—Bueno, ahí también —concedió el del traje—. Pero, además…

Tomó una decisión, miró su reloj y se puso de pie.

—Mira. Déjame mostrarte a qué te enfrentas. Nosotros lo llamamos el «sistema de fidelidad a la marca Yerieg».

Ella echó un vistazo al programa de la conferencia.

—¿Dónde está eso?

—¡Ah! No figura en la agenda, pero en todo evento de este tipo, créeme, siempre que se reúnan administraciones públicas y tecnólogos, hay uno.

Él le hizo una seña mientras salía de la habitación. Ella se echó la mochila al hombro y lo siguió.

Él caminaba delante de ella. Ella supuso que lo hacía para que no se sintiera amenazada. Pero, cuando la llevó a una habitación oscura tras una puerta poco llamativa, Amy se cuestionó su decisión de seguir a aquel hombre desconocido.

para leer la escalofriante conclusión

—¿A quién te refieres con «nosotros»? —preguntó ella, tratando de fingir una serenidad que no sentía.

—¿Cómo?

—Has dicho, «nosotros lo llamamos». ¿Para quién trabajas? ¿Microsoft? ¿Apple…?

Él se detuvo durante un segundo.

—No. Nosotros somos los… facilitadores.

Corrió una cortina y ella se encontró observando una sala de conferencias desde detrás de un espejo unidireccional. Su acompañante accionó un interruptor y el sonido de la reunión irrumpió a través de un altavoz con sonido metálico.

Los asistentes eran todos de perfil ejecutivo. Todos hombres. Ella reconoció a un ponente principal, a un ministro, a varios eurodiputados que habían participado en un panel, al subsecretario de digitalización del gobierno de Luxemburgo… Un representante exaltaba las virtudes de una herramienta de trabajo colaborativo: «¡Ahora, con más IA!»

En el centro de la estancia se había despejado un espacio donde habían erigido un tosco altar de madera. Sobre el pedestal se hallaba una figura grotesca, con rostro de cerdo de color rojo y torso y brazos humanos —cuatro brazos, en concreto—. Por debajo de la cintura, el cuerpo se transformaba en una masa confusa y caótica de tentáculos viscosos, de un tono verde negruzco.

Amy dio un respingo: el rostro de la figura se retorcía, su cabeza giraba examinando la estancia, y sus tentáculos se agitaban. Aquello no era una estatua, sino un ser vivo.

—¡QUÉ ES ESO!

—¡Madre mía! No hace falta que grites. Ese de ahí es Yerieg. Resulta que un grupo de pastores de yaks dieron con la clave de lo que realmente es el reino espiritual. ¿Quién lo habría imaginado, eh?

—Pero aún no has visto nada —dijo él, dándole una palmadita suave en el brazo—. Mira.

De repente, el monstruo lanzó uno de sus tentáculos, que se enredó con fuerza alrededor del cuello de uno de los asistentes. La punta se introdujo en la boca del hombre. Sobresaltado, el hombre abrió los ojos desmesuradamente. Luego, su mirada se volvió vidriosa mientras comenzaba a succionar el apéndice. El monstruo lanzó una mirada lasciva, y su lengua negra recorrió sus afilados dientes.

Amy se dio cuenta de que la criatura había atrapado a otras personas de una manera similar. La mayor parte del público, sumida en un estado de estupor, ya estaba absorbiendo con avidez lo que fuera que la vil bestia estuviera segregando.

—No estamos seguros de qué es esa cosa —dijo el facilitador—. Lo llamamos «soma de la muerte». Un colocón de mil demonios. Literalmente. ¡Espera! ¿A dónde vas?

Amy salió de la habitación tambaleándose. En el pasillo desierto, se quedó sin aliento y se dobló por la mitad; sintió que el mundo daba vueltas mientras su boca se llenaba de saliva.

—¿Estás bien? —le preguntó el facilitador, a su lado, dándole unas palmaditas en la espalda.

Ella se estremeció y se apartó ante su contacto. Respiró hondo, intentando controlar las náuseas. Una vez. Dos veces.

—¿Habéis… invocado a un demonio para conseguir contratos con las administraciones públicas?

—Un dios de la muerte —corrigió el del traje—. O tal vez el dios de la muerte. Eso aún está por determinar.

—¡Estáis locos!

Él se miró las uñas y chasqueó la lengua, decepcionado. Ya había oído eso antes.

—No. Solo es algo práctico —respondió él con brusquedad—. Nuestros clientes se estaban poniendo nerviosos con toda la presión política y los sobornos. La mala publicidad cuando los descubrían, las multas… Todo eso los dejaba en una posición más débil para negociar. Además, todo este asunto de la soberanía ha complicado aún más las cosas.

Negó con la cabeza en señal de desaprobación.

—Pero esto… —siguió diciendo mientras señalaba hacia la puerta con un gesto brusco del pulgar—. Esto podemos hacerlo sin problemas. Ni siquiera es técnicamente ilegal.

—No podéis… No puede ser.

—Nuestros clientes nos pidieron que pensáramos de forma poco convencional —se encogió de hombros—. Nada de malas ideas, etcétera.

—¿Por qué me lo cuentas?

—Dejemos clara una cosa: nadie te va a creer. Así que, ¿por qué no? Me moría por contárselo a alguien, y daba igual si lo hacía o no. Además —dijo, señalándola con el dedo—, ya ​​te lo dije: eres buena en lo que haces. Me duele ver cómo desperdicias tu talento en una causa que no puedes ganar.

—Pero vosotros tampoco ganaréis. No podéis ganar. Sois… ¡sois, literalmente, adoradores del diablo!

—Disculpa… ¿Acaso no acabas de ver a esa deidad mongola de la muerte que tenemos ahí dentro, que no es un demonio ni un diablo, y que dispensa drogas? Es la primera de muchas. Dios lo sabe… —se corrigió a sí mismo—. ¡Quién sabe qué poder nos otorgará la próxima entidad que invoquemos! ¡Tenemos el control sobre la caja de Pandora!

—La esencia de lo de la caja de Pandora es que liberó todos los males sobre el mundo; que los seres humanos son irresponsables y no pueden controlarlos.

Él desestimó sus objeciones.

—Lo que para unos es maldad, para otros es una oportunidad. Con semejante poder, ¿quién podría llegar a vencernos?

—¿Contra el mal? ¡La gente! ¡La voluntad del pueblo!

—Esa es la voluntad del pueblo —la espetó, señalando con la cabeza hacia la puerta—. Sois vosotros los que habéis elegido a esos hombres. Elegís a los mismos tipos una y otra vez. Uno pensaría que, a estas alturas, ya os habríais dado cuenta de que algo no va bien con ellos.

El del traje respiró hondo. Tras una breve pausa, levantó las manos con gesto conciliador.

—Mira… —continuó con tono sereno—. Supongo que terminarás valorando la perspectiva que acabo de compartir contigo. Y si alguna vez decides unirte al bando ganador… —concluyó mientras ponía una tarjeta en la entumecida mano de la chica.

El hombre se enderezó y dio un paso atrás. Se ajustó el nudo de la corbata y, mirando fijamente a la mujer, que estaba atónita, separó el pulgar del índice y trazó un semicírculo sobre su propio corazón.

—Hasta la próxima —dijo en voz baja—. Alabado sea Yerieg.

Se dio la vuelta y se alejó, rumbo al cóctel de contactos que había tras el evento, perdiéndose entre la multitud de otros asistentes que vestían trajes similares. 🐷

Cara de demonio

KDE trabaja para que el Software Libre sea el software predeterminado en las administraciones públicas. Haz un donativo para que podamos desarrollar los recursos que necesitamos para convencer a políticos y funcionarios (al menos a los que todavía no están esclavizados por Yerieg) de que este es el camino correcto que se debe seguir.

CUÉNTANOS TU HISTORIA

¿Quieres compartir tu propia historia de terror? Contacta con nosotros en Mastodon, Reddit o Discuss y cuéntanos lo que te ha ocurrido. 💀

Konqi cosplaying as Kthulhu­—yeah we went there.
CC BY-SA Jens Reuterberg